Cuando atravesamos alguna situación que nos hace pasar muchísimo miedo o sentirnos intensamente vulnerables, se produce en nuestro cuerpo una sensación de peligro.
Dentro del sistema límbico se encuentra la amígdala (alarma interna), cuya función principal es detectar amenazas y activar la respuesta de supervivencia. Cuando esta estructura se activa, se produce una desorganización bioquímica en el cerebro: se liberan hormonas como la adrenalina y el cortisol, que preparan al cuerpo para reaccionar ante el peligro.
Pero si esta activación se mantiene en el tiempo, el sistema nervioso se sobrecarga y se vuelve más difícil regular emociones, pensar con claridad o sentirnos seguros, incluso cuando la amenaza ya no está presente.
Desde el enfoque del trauma distinguimos entre:
Trauma externo a la identidad (T): el cerebro se ve repentinamente expuesto a situaciones extremas (accidentes, violaciones, abandonos o catástrofes naturales).
Trauma interno a la identidad (t): vivencias que, aunque pueden parecer menos evidentes, tienen un impacto profundo. Suelen ser tempranas, repetidas en el tiempo y ligadas al entorno relacional (bullying, maltrato físico o emocional en la infancia). Los t en algunos casos también puede tener características de un trauma externo, dependiendo de cómo ocurra y cómo lo viva la persona.
Estas experiencias quedan registradas en el cerebro de manera disfuncional, siendo la activación consciente o inconsciente de estos recuerdos el origen de muchos problemas emocionales.
Procesar estos recuerdos traumáticos en un espacio seguro y terapéutico permite integrar el pasado, reduciendo o incluso eliminando la sintomatología que genera sufrimiento.